Mi intención era viajar hacia el viejo continente, trabajar en las pistas de esquí y ahorrar lo suficiente para luego conocer esos lugares europeos que siempre me interesaron, pero no estaba en mis planes pisar suelos tan desconocidos.
Mi itinerario se iba armando mientras transcurrían los días de trabajo en la estación de esquí andorrana, pensaba en las grandes capitales, Madrid, Londres, Paris; en las ciudades tradicionales, Venecia, Berlín, Praga y hasta me imaginé descansando en las costas croatas, solo por un capricho de mi adolescencia.
Pero una tarde bajo el sol invernal del principado, una amiga me dijo que había sacado pasaje aéreo para Atenas, solo de ida, ella y dos amigas, no sabían cuánto tiempo, no tenían itinerario ni alojamiento, solo la idea, las ganas y la esperanza de cumplir el sueño de toda su vida, conocer las islas griegas, esas donde los mitos conviven con la realidad, donde nació la democracia y los juegos olímpicos, donde los dioses descansan con los humanos y donde el mar es tan azul que lastima los ojos.
‘Luego les respondo la invitación’, les dije. Y mientras pasaban los días y trabajaba en el crudo invierno, me imaginaba acostado en las playas o nadando en el Egeo, mirando un atardecer adonde algún Dios lo hubiese hecho. ‘¿Para cuando sacaron pasaje?’ pregunté y me anoté en el impensado viaje.
No solo fuimos cuatro, terminamos siendo 11 en la aventura, todos trabajadores de temporada, todos jóvenes con ganas de conocer un poco más la tierra de Zeus, de Neptuno, de Afrodita y de Apolo entre muchos más.
Antes de partir hacia lo desconocido leímos un libro sobre Grecia, de esos que se editan con la información necesaria para “conocer” un lugar, como si al leer unas páginas uno sabe qué hacer, como hacerlo o donde hacerlo, hay que tener en cuenta que esos libros son solo una pequeña guía, nada más. Lo lindo está en descubrir por uno mismo las pequeñas cosas que hacen de las ciudades extrañas lo maravilloso que son.
Y fuimos nomás, luego de terminar nuestros respectivos trabajos, luego de cerrar la temporada y todo lo que nos ataba temporalmente a Andorra partimos hacia la tierra de las miles de islas. Parecíamos adolescentes en viaje de estudios, luego de un ciclo finalizado realizábamos un viaje para descansar, para blanquear la mente y para estar tirados sin hacer nada.
La parte más linda de Atenas se encuentra en el centro de la capital, el barrio de ‘Plaka’. Antiguamente era el centro, y se encuentra al pie de la Acrópolis. Nuestro hostel estaba allí. Lo primero que vimos fue el grandioso Partenón, iluminado con luces amarillas, dándole una hermosa calidez; detrás suyo el sol se ponía y pintaba el firmamento con tonos azules y violáceos de una manera hermosa; las primeras imágenes de nuestro viaje se remitían a los dioses, a las guerras santas, a las ruinas y a la infinita historia que se respira por ese barrio. Las calles serpentean las ruinas, las plazas y uno tiene que esquivar los bares con sus mesas al aire libre, los mismos bares que ofrecen las comidas típicas de allí, y uno no puede dejar pasar la oportunidad de probar un gyro, un sublaki o una moussaka, que viene a ser una especie de lasagna, pero con berenjenas en lugar de pasta.
Dos días estuvimos recorriendo solo el casco histórico de Atenas, toda una mañana para el Acrópolis, con el Partenón y el Ágora romano, donde se llevaba a cabo la vida social en la antigua Grecia. Uno puede estar un buen rato sin darse cuenta del tiempo mientras observa los edificios, los detalles de la arquitectura o el imponente paisaje de la ciudad a los pies del Partenón.
Luego de un breve almuerzo, el grupo siguió hacia el Templo de Zeus, también en pleno centro de la ciudad. Este monumento está más deteriorado que el Partenón, pero sus pocas piezas que le quedan denotan la majestuosidad del mismo, la inmensidad que ocupaba y a uno solo le queda imaginar cual grande era la devoción que el pueblo griego le tenían a sus dioses para construirles semejantes templos.
Luego la recorrida obligada nos llevó a donde se disputó el primer juego olímpico con su única disciplina, los cien metros llanos. Un estadio construido de mármol blanco, con una imponente pista de atletismo, reconstruida para los Juegos que se disputaron en el 2004.
Y mucho tiene que ver este evento para que se vea la lucha de la que hablaba anteriormente, los modernos complejos deportivos, las calles y avenidas reestructuradas y todo el ‘glamour’ que alojó miles de visitantes en pocos días y en contraposición a esto, la historia que lleva en el lugar siglos y siglos. Los medios de transporte están altamente tecnologizados, de avanzada, y ese tecnicismo está totalmente opuesto con las ruinas; en Atenas uno puede ver el más moderno bus eléctrico y de fondo las viejas columnas del Templo de Apolo, Dios protector de la ciudad.
Al día siguiente amaneció nublado, pero nuestras ganas fueron mayores y preparamos todo para almorzar con un gran picnic en la playa. Alquilamos una furgoneta, y todos arriba nos fuimos a recorrer la isla. El sol nos dio una buena mano y para el mediodía, no quedaba ninguna nube en el horizonte. El almuerzo fue soñado, comimos con los pies en el agua del Egeo, disfrutando de la tranquilidad y de la soledad que brinda la inmensidad de un mar azul que se confunde con el horizonte.
La isla arroja los más tradicionales paisajes griegos, mar, islas y casas blancas con techo celeste. Fotos para todos los gustos, mar, calor y vacaciones esperadas para el grupo de argentinos en recorrida por la tierra de los Dioses.
Al día siguiente tomamos un ferry que nos depositó en otra de las más famosas islas griegas, Mikonos. Sus pequeñas calles, de no más de dos metros de ancho parecían demasiado estrechas para pasar vehículos, pero los lugareños lo hacían y con qué facilidad.
Otra noche de gyros y cervezas, calor y bares, más turistas que en Santorini, pero igual de atractivo. Las calles y sus casas, los locales y las plazas resultan todas iguales, todo blanco y con techos azules. Nunca sabíamos como volver al departamento alquilado, asi que no quedaba otro recurso que ir hasta la calle principal y volver por el camino que recordábamos, al mejor estilo de Hansel y Gretel.
De vuelta al pueblo a recorrer cada uno por su lado, el grupo era grande y no siempre existía el quórum necesario, de vacaciones uno no quiere pelear y menos por pequeñeces. Así fue como el atardecer me encontró saboreando una cerveza con amigos, contemplando como el sol se ponía en el Egeo, algo que no me imaginé mientras paleaba nieve unas semanas atrás en Andorra.
Las callecitas estaban decoradas con tiendas de souvenir, cybers, bares, restaurantes y hasta pude ver dos pelícanos en busca de comida fácil. Los animales se encontraban al lado de los restaurantes de pescado, a la espera de que los clientes les arrojen algún regalito o que los empleados se apiaden de ellos y les entreguen las sobras. Mientras los turistas los querían tocar y sacarse fotos, cuales figuras de cartón en Disney, sin darse cuenta que tienen vida y no son objetos de diversión.
A la noche conocimos un poco la movida nocturna, con sus bares a la orilla del mar, música
Al amanecer de un nuevo día tomamos otro ferry que nos depositó en Atenas nuevamente y una vez más allí el grupo se separó. Algunos se quedaron para volver a España, otros se fueron a las islas Jónicas, con Corfú como principal atractivo y algunos nos fuimos en tren para Estambul, pero eso es otro viaje, otra historia, otra aventura.